A pocos kilómetros de la histórica localidad madrileña de Aranjuez, entre los ríos Jarama y Tajo, la finca conocida como ‘La Granja de Aranjuez’ está reescribiendo la relación entre el campo y la mesa en la Comunidad de Madrid. Su impulsor es el empresario Alberto Sobrino, quien ‘saca pecho’ con un proyecto que nació desde sus raíces y se ha convertido en un modelo de producción circular, gastronomía tradicional y memoria familiar.

Hay emprendedores que buscan una oportunidad de negocio y otros que persiguen una idea hasta convertirla en realidad, y Alberto Sobrino pertenece a esta segunda categoría. Hostelero de profesión, cocinero de formación, ganadero por vocación y defensor apasionado del mundo rural, Alberto ha puesto en marcha un proyecto singular que pretende acercar el origen de los alimentos a una sociedad cada vez más alejada del campo.

Desde ‘La Granja de Aranjuez’, Sobrino trabaja para construir un modelo de negocio basado en una idea sencilla, pero ambiciosa: producir, criar y servir sus propios alimentos, reduciendo al máximo los costes de intermediarios y devolviendo valor al producto de proximidad… y, de paso, ser un escaparate de educación medioambiental.

Porque la verdadera singularidad de este proyecto no reside únicamente en la producción alimentaria. En este sentido, Alberto trabaja en experiencias que permitan a los visitantes participar en tareas cotidianas de la granja: alimentar animales, recoger productos de temporada (como son los tomates y pimientos) o incluso pasar una noche en plena naturaleza para descubrir sonidos y rutinas que forman parte de la vida rural y de quien trabaja la tierra.

Por ello, la granja está concebida como un espacio abierto a la divulgación y al aprendizaje. Alberto quiere que familias, profesionales y amantes de la naturaleza puedan descubrir y aprender cómo se cultivan los alimentos, cómo se crían los animales y cuáles son los ritmos naturales que durante generaciones marcaron la vida de nuestros pueblos. “La mayoría de los niños saben perfectamente dónde está un teléfono móvil, pero muchos desconocen de dónde sale un tomate o cómo se produce la carne que consumen”, reflexiona.

Un legado familiar convertido en inspiración

La Granja de Aranjuez tiene un origen muy íntimo. El padre de Alberto murió en 2025, justo cuando había terminado de sembrar el huerto de la finca. Ese diáfano espacio recién plantado quedó como su última obra. Aunque el proyecto responde a una inquietud personal que Alberto llevaba años imaginando, resulta imposible entenderlo sin la influencia de su familia. Para Sobrino, dejarlo abandonado hubiera sido impensable, así que decidieron sacarlo adelante y, de paso, abrirlo a quienes quisieran conocerlo.

Por lo tanto, lo que empezó como una forma de honrar ese legado se ha transformado en un proyecto agroalimentario. Actualmente, la explotación combina agricultura y ganadería con más de 250 ovejas manchegas, 50 cabras destinadas a la producción de cabrito nacional, aves de diferentes especies y una amplia huerta que forman parte de una iniciativa que seguirá creciendo con la incorporación de los primeros terneros de raza ‘limusina’ y algunos cerdos, todo ello destinado a abastecer sus establecimientos gastronómicos, como son Restaurante El Paraíso y El Volante, en Ciempozuelos (Madrid).

El sistema funciona como un circuito cerrado: el abono que generan los animales se destina íntegramente a la granja y la huerta. Esta, a su vez, alimenta tanto a los animales como a la cocina del restaurante. Sobrino lo describe como “un proyecto sin etiquetas de moda. No se trata de un proyecto ecológico en el sentido estricto, sino de una producción natural, sin fertilizantes ni pesticidas. Tal y como se hacía antes”.

La huerta de la finca tiene, además, un valor especial: está en una de las pocas zonas que históricamente no se inundó con las crecidas de los ríos cercanos, lo que la convirtió en tierra de referencia para el cultivo desde hace generaciones. Allí crecen desde calabacines, pimientos o cebollas y lechugas hasta una decena de distintas variedades de tomate, entre ellas el llamado “tomate enano” de Aranjuez, una variedad de piel fina que el padre de Alberto cultivaba desde hacía décadas. “Lo que queremos es conservar unos valores que se están perdiendo”, termina explicando con nostalgia.

Quienes colaboran en el proyecto destacan -además- una característica que aparece en el alma de Alberto: su capacidad para perseverar. Si cree en una idea, la desarrolla hasta el final, independientemente de las dificultades o de las opiniones ajenas. Esa determinación es la que le ha permitido convertir una finca agrícola en un proyecto de futuro que combina producción alimentaria, gastronomía, educación ambiental y experiencias rurales.

“De la tierra a la mesa”, una filosofía de trabajo

La historia de la familia Sobrino está profundamente ligada a la hostelería de Ciempozuelos. En 1974, sus padres fundaron un pequeño negocio que con el paso del tiempo acabaría convirtiéndose en uno de los referentes gastronómicos de la localidad… y de la comarca. Su padre, antiguo camionero, decidió abandonar el oficio para abrir una taberna basada en el esfuerzo, la cercanía y la cocina popular. Aquellos primeros años estuvieron marcados por los aperitivos tradicionales, las raciones sencillas y una forma de entender la hostelería basada en el trabajo constante.

Más de cinco décadas después, la familia continúa manteniendo vivo ese espíritu, adaptándose a los nuevos tiempos y nuevas necesidades de los clientes. Alberto estudió cocina en la Escuela de Hostelería de Aranjuez y realizó prácticas junto al prestigioso chef Paco Roncero. Sin embargo, quienes le conocen coinciden en que su principal escuela ha sido la vida y el trabajo diario. Sobrino reconoce que no tiene un plan cerrado. “No tengo metas, las vas escribiendo día a día”, subraya. Esa actitud, lejos de ser una debilidad (y guiado por la intuición) es el motor que ha llevado a la familia desde una taberna de pellejos de vinos en los años setenta hasta un proyecto agroalimentario que aspira a enseñar a varias generaciones de madrileños de dónde viene realmente lo que comen y recuperar el vínculo entre las personas y la tierra.

Su hijo Darío también se está formando en el ámbito gastronómico, continuando la tradición familiar como tercera generación, quien define a su padre con palabras sencillas pero contundentes: “Es mi ídolo, una figura definida por su capacidad de trabajo incansable y por hacer que las cosas funcionen incluso cuando todo el mundo dice que no se puede. Un hombre generoso y capaz de ayudar a cualquiera que lo necesite”. Esa tenacidad, mezcla de orgullo personal y talento de gestión, es quizá el rasgo que mejor resume la fórmula de entender la profesionalidad de Alberto.

En sus restaurantes de El Paraíso y El Volante, la propuesta gastronómica está altamente focalizada por una cocina castellana tradicional donde el producto es el verdadero protagonista con elaboraciones a base de verduras y hortalizas recién recolectadas, guisos y asados de cordero, cabrito y platos de temporada forman parte de una carta que reivindica los sabores auténticos frente a las modas pasajeras, y sin olvidarnos de su afamada torrija.

Finalmente, más allá de la cocina, Alberto Sobrino persigue un objetivo mayor: que las nuevas generaciones comprendan que los alimentos tienen una historia, un origen y un proceso que merece ser conocido y respetado. Una tarea que, en pleno siglo XXI, resulta tan necesaria como extraordinaria.

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