Por Arturo Hurtado | Vinotendencias

Hay presentaciones que informan y otras que consiguen transportar al público hasta el lugar del que hablan. La celebrada el pasado 26 de mayo en el restaurante Urrechu, en Pozuelo de Alarcón, perteneció claramente a las segundas. Durante unas horas, Madrid dejó de ser Madrid para asomarse al corazón del suroccidente asturiano, allí donde el fuego sigue siendo cultura, la carne un motivo de orgullo y el vino una forma de entender el paisaje.

La puesta de largo nacional de la III edición de Brasas del Narcea Festival y del concurso La Mejor Parrillada de España con Ternera Asturiana reunió a profesionales de la gastronomía, periodistas y aficionados en torno a una propuesta que va mucho más allá de una competición culinaria. Porque hablar de Brasas del Narcea es hablar de territorio, de tradición y de una forma de cocinar que conecta directamente con la memoria.

El encargado de abrir la puerta a esa experiencia fue Íñigo Urrechu. El cocinero vasco, siempre cercano y didáctico, convirtió la parrilla en el centro de todas las miradas. Mientras las brasas hacían su trabajo, explicó que detrás de un gran asado no existen secretos milagrosos, sino respeto por el producto, conocimiento del fuego y paciencia.

La protagonista absoluta de la jornada fue la Ternera Asturiana. Sobre la parrilla fueron apareciendo distintos cortes que permitieron comprobar por qué esta carne se ha convertido en uno de los grandes símbolos gastronómicos de Asturias. Jugosa, tierna y llena de matices, conquistó a los asistentes desde el primer bocado.

“Pero si el fuego aportó emoción, el vino terminó de contar la historia”.

Mucho más que un concurso

Durante la presentación también estuvo presente José Luis Fontaniella, alcalde de Cangas del Narcea, quien recordó el papel que la gastronomía y el vino desempeñan en el desarrollo económico y turístico del municipio.

Y es que Brasas del Narcea se ha convertido en una magnífica herramienta para mostrar al resto de España el enorme potencial gastronómico de esta comarca asturiana. No se trata únicamente de elegir quién domina mejor la parrilla. El verdadero valor del festival está en reunir producto, productores, cocineros y visitantes alrededor de una misma pasión.

En una época en la que la gastronomía busca constantemente nuevas tendencias, resulta reconfortante comprobar cómo una técnica tan ancestral como cocinar sobre brasas vive uno de sus momentos más brillantes. Quizá porque el fuego sigue transmitiendo algo que ninguna tecnología puede sustituir: emoción, autenticidad y verdad.

Una cita marcada en rojo para junio de 2026

Del 19 al 21 de junio de 2026, Cangas del Narcea volverá a convertirse en el gran escenario nacional de la cocina a la brasa. Durante tres días, el municipio reunirá a algunos de los mejores parrilleros del país, además de aficionados, viajeros y amantes de la gastronomía.

La gran final de La Mejor Parrillada de España con Ternera Asturiana, que se celebrará el 20 de junio en el Prao del Molín, será el momento más esperado del festival. Sin embargo, el verdadero premio para quienes acudan será descubrir una tierra donde gastronomía, vino y paisaje forman parte de una misma identidad.

Porque en Cangas del Narcea las brasas no solo cocinan. También cuentan historias. Y los vinos, nacidos entre montañas imposibles, terminan de ponerles voz.

Los vinos que nacen entre montañas imposibles

Cada copa servida durante la presentación hablaba también de Cangas del Narcea. De sus laderas escarpadas, de sus pequeñas bodegas familiares y de una tradición vitivinícola que lleva más de mil años resistiendo al paso del tiempo.

Los vinos de la DOP Cangas acompañaron la degustación demostrando el excelente momento que vive una de las zonas vitivinícolas más singulares de España. Blancos frescos y expresivos, tintos con personalidad propia y una autenticidad difícil de encontrar en tiempos de uniformidad enológica.

Lo más fascinante de estos vinos es que cuentan una historia. La de hombres y mujeres que cultivan viñedos en pendientes vertiginosas donde la mecanización resulta prácticamente imposible. La de una viticultura heroica que exige esfuerzo diario y que convierte cada botella en el reflejo de un paisaje único.

Quien visita la comarca descubre enseguida que el vino forma parte de su identidad y de su día a día. Entre paisajes salpicados de viñedos, el visitante puede conocer variedades autóctonas, recorrer pequeñas bodegas donde la tradición y el trabajo artesanal siguen muy presentes, y entender las razones por las que este rincón de Asturias despierta un interés creciente tanto entre aficionados como entre profesionales del sector.

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