El proyecto de Alma Carraovejas en Leiro reivindica las variedades autóctonas y la personalidad de un territorio vitivinícola con siglos de historia

Por Arturo Hurtado | Vinotendencias

Hay proyectos vitivinícolas que permiten comprender mejor un territorio. Viña Meín y Emilio Rojo, en Leiro, Ourense, es uno de ellos.

Ubicado en el corazón de la D.O. Ribeiro, el proyecto reúne dos nombres estrechamente vinculados a la historia reciente de esta denominación y plantea una mirada de futuro basada en el conocimiento del viñedo, la recuperación y puesta en valor de las variedades autóctonas y el respeto por el paisaje.

Viña Meín y Emilio Rojo: dos historias vinculadas al Ribeiro

Hablar de Viña Meín y Emilio Rojo es hacerlo de dos proyectos que han contribuido de manera significativa a reivindicar la personalidad del Ribeiro.

Viña Meín nació en 1988 en la ladera oeste del valle del Avia, mientras que Emilio Rojo desarrolló su proyecto en la ladera opuesta, orientada hacia el este. Ambos comparten una concepción de la viticultura estrechamente vinculada a las parcelas, al paisaje y a las variedades tradicionales de la comarca.

La integración del proyecto en Alma Carraovejas ha aportado una nueva estructura y capacidad técnica, manteniendo como eje fundamental la identidad de ambos proyectos.

El objetivo no pasa por uniformizar, sino por profundizar en la personalidad de un territorio que presenta una enorme diversidad vitícola.

Ribeiro: un patrimonio de variedades autóctonas

Uno de los principales valores de Viña Meín y Emilio Rojo se encuentra en su apuesta por las variedades autóctonas del Ribeiro.

Treixadura, albariño, godello, torrontés, loureira, lado y caíño blanco forman parte de un patrimonio varietal que permite interpretar la diversidad de esta denominación desde diferentes parcelas y condiciones de cultivo.

El Ribeiro puede entenderse así como un auténtico jardín de variedades autóctonas, donde cada variedad aporta matices diferentes y donde la parcela adquiere un papel fundamental.

La tradición vitivinícola de la comarca se remonta además a la Edad Media. En el caso de Viña Meín existen referencias documentales vinculadas al cultivo de la vid desde el siglo XII, una muestra de la profunda relación histórica entre este territorio y el viñedo.

El paisaje como punto de partida

En Viña Meín y Emilio Rojo, el concepto de territorio ocupa un lugar central.

La diversidad de orientaciones, suelos y microclimas del Ribeiro permite trabajar con una visión de la viticultura basada en el conocimiento detallado de cada parcela.

Esta filosofía se traslada directamente a los vinos, que buscan expresar las características del lugar de procedencia.

Frescura, complejidad, mineralidad, estructura y capacidad de evolución son algunos de los rasgos que definen la personalidad de los vinos del proyecto.

Pero más allá de las notas de cata, el objetivo es conseguir una expresión reconocible del Ribeiro.

Son vinos concebidos para mostrar el carácter de sus variedades, el comportamiento de sus parcelas y la singularidad de un paisaje vitivinícola con una larga tradición.

Alma Carraovejas: conocimiento y visión de futuro

La incorporación de Viña Meín y Emilio Rojo a Alma Carraovejas representa una nueva etapa para el proyecto.

La estructura del grupo permite desarrollar una estrategia de largo recorrido basada en la investigación, el conocimiento del viñedo y la precisión técnica, manteniendo al mismo tiempo la personalidad de las bodegas.

En este contexto, la figura de Pedro Ruiz Aragoneses adquiere especial relevancia dentro de una filosofía empresarial basada en la creación de proyectos de largo plazo y en la construcción de un legado.

En el mundo del vino, donde los resultados dependen necesariamente del tiempo, esta perspectiva resulta especialmente significativa.

El reto consiste en combinar crecimiento y profesionalización con la conservación de la identidad territorial.

Las personas detrás del proyecto

Toda bodega es también el resultado de un equipo humano.

Durante la visita, Pedro Ruiz Aragoneses, Mario Rodríguez Cuadrado, Javier Blasco de Nicolás y Emilio Rojo compartieron la evolución y la filosofía de un proyecto que combina patrimonio vitícola, conocimiento técnico y visión de futuro.

Emilio Rojo, fundador de la bodega y director técnico de Alma Carraovejas, continúa ligado a un proyecto cuya personalidad está estrechamente vinculada a la interpretación del Ribeiro.

También estuvo presente Mª Luisa Otero Domínguez, sumiller formada en la Escuela Española de Cata, actualmente desarrollando su trayectoria profesional dentro del proyecto.

La presencia de profesionales de diferentes generaciones y perfiles refleja otra de las claves del futuro del sector: transmitir conocimiento y generar nuevas oportunidades alrededor del vino.

Un Ribeiro con mucho futuro

Viña Meín y Emilio Rojo representa una forma de entender el futuro del Ribeiro desde sus propios valores.

La historia aporta profundidad; las variedades autóctonas, identidad; el paisaje, singularidad; y el conocimiento técnico permite transformar todo ese patrimonio en vinos capaces de expresar su origen.

En un momento en el que el consumidor busca cada vez más vinos con personalidad y procedencia, territorios como el Ribeiro tienen una oportunidad extraordinaria para reivindicar su singularidad.

El camino pasa por conocer mejor sus parcelas, proteger sus variedades, interpretar sus paisajes y comunicar su enorme riqueza vitivinícola.

Viña Meín y Emilio Rojo se sitúa precisamente en ese punto de encuentro entre tradición y futuro.

Un proyecto que demuestra que la evolución de una bodega no tiene por qué significar renunciar a su identidad.

La visita profesional a la bodega contó con la participación de Carmen Garrobo, directora de la Escuela Española de Cata, presidenta de ASUMAD y reconocida en 2026 como “Mejor Mujer Sumiller 2026”, una presencia que aportó también la perspectiva de la sumillería y de la formación especializada al recorrido por el proyecto.

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