Por Laura Berdejo
38 bodegas de 18 pueblos riojanos muestran propuestas únicas en el primer salón de Viticultores Riojanos Independientes.
En la Rioja existe otro estilo de vino que va más allá del Rioja clásico, y que viene marcado por un grupo de pequeños viticultores que, como en tantas otras regiones vinícolas del mundo, se ha unido para hacerse un hueco en el panorama actual.
En este contexto, y enarbolando principios como “no competir contra nada, sino construir juntos” o “sin viticultores no hay viñedo, y sin viñedo, no hay vino”, nació el pasado mes de enero VIR (Viticultores Independientes en Rioja). Su puesta en escena tuvo lugar la semana pasada en Madrid.

El espacio Jorge Juan se convirtió en punto de encuentro del viñedo riojano: 38 bodegas procedentes de 18 pueblos de Rioja presentaron la diversidad de un mismo territorio y la reivindicación del trabajo directo en la tierra en unas 150 referencias que degustaron y conocieron más de 500 asistentes entre enólogos, sumilleres, distribuidores, hosteleros, periodistas, colegas viticultores y amantes del vino.
El plan de la jornada era dar a conocer proyectos de pequeña escala y mirada propia, y abrir un espacio de encuentro. “Queremos crear un espacio de confianza. No se trata tanto de hacer negocio como de crear un diálogo”. Así explicaba con entusiasmo y mientras daba a conocer unos fantásticos vinos Miguel Merino, de la Bodega del mismo nombre situada en el pueblo de Briones.
“Somos 600 habitantes para 1400 hectáreas de viñedo” relata animado. Sus vinos presentan, entre otras virtudes, una expresión delicada de la viura y la garnacha blanca y un homenaje refinado a la uva mazuelo procedente de su parcela La Quinta Cruz.
“¿A que no parece Rioja?” nos pregunta por su parte, sonriente, Victor Ausejo, que también da nombre a su bodega. “¿Has visto la madera? Aquí la barrica es el traje”, comenta.

“La Rioja es muy heterogénea”
Un poco más adelante, los vinos de Arizcuren nos deleitan y sorprenden por su carácter novedoso y por una impecable factura. Javier, arquitecto y enólogo, defiende el enoturismo y habla de su bodega, de su proyecto y de su vino con una combinación maravillosa de fraternidad y entusiasmo.
A su lado, Miguel, de la familia Cupani insiste en la paciencia, en la espera, como ingredientes capitales de la elaboración. Sus vinos son un homenaje a la pausa. No lejos de ahí Vicky Fernandez (de Vignerons de la Sonsierra, en San Vicente) es clara y comprometida: “La Rioja es muy heterogénea y todavía tiene que ser verdaderamente descubierta por muchas gentes del vino”, explica.

Son solo algunas de todos los viticultores con grandes historias humanas, proyectos de una calidad extraordinaria y ganas de compartir, colaborar y crecer juntos que buscan, ante todo, alimentar un espacio de diálogo e intercambio.
Ha terminado la jornada y el balance es más que positivo: “Estamos profundamente satisfechos con la acogida que ha tenido este primer encuentro en Madrid”, dice Miguel Merino que, además de bodeguero, es uno de los portavoces de VIR.
“Hemos sentido un respaldo claro por parte del sector y del público. Este encuentro es la primera de muchas acciones que queremos impulsar para poner en valor el territorio y la figura del viticultor, y para seguir construyendo un espacio de conversación honesta en torno al vino”, sentencia.






















